La decisión de Andy Pages de apartarse del proyecto del Equipo Cuba para el próximo Clásico Mundial de Béisbol ha generado un fuerte impacto dentro y fuera de la Isla, no solo por tratarse de uno de los peloteros con mayor proyección internacional, sino porque su paso parece marcar un antes y un después en la relación entre figuras del béisbol moderno y la estructura federativa cubana. Aunque el jugador no ofreció declaraciones públicas detallando sus razones, el contexto reciente permite entender con claridad los factores que influyeron en su determinación.
Desde el inicio, la convocatoria al Clásico estuvo rodeada de promesas ambiciosas. Se habló de un equipo competitivo, capaz de reunir talento de diferentes ligas y perfiles, con el objetivo de devolver a Cuba protagonismo en un escenario global. Sin embargo, esas expectativas se fueron diluyendo a medida que se impusieron decisiones que muchos consideran contradictorias y excluyentes. La negativa a incluir a jugadores cubanoamericanos dispuestos a vestir el uniforme nacional fue una de las señales más evidentes de que el discurso inicial no se correspondía con los hechos.
Ese reglamento restrictivo afectó directamente la credibilidad del proyecto. La exclusión de figuras con experiencia en MLB, que podían fortalecer el lineup y elevar el nivel competitivo, fue interpretada como un retroceso. Para jugadores como Pages, que compiten en el máximo nivel y conocen la exigencia del béisbol internacional, participar en un equipo incompleto supone asumir un riesgo deportivo y personal sin garantías reales de éxito.
Otro elemento que pesó fue la estructura de mando. La designación del cuerpo técnico, encabezado por una figura con relaciones tensas y antecedentes polémicos con varios peloteros, no ayudó a generar confianza. La falta de cercanía, diálogo y consenso reforzó la sensación de un proyecto rígido, poco adaptado a la realidad del béisbol moderno.
Andy Pages, señalado inicialmente como una de las grandes esperanzas ofensivas del equipo, evaluó el panorama y optó por apartarse. Su decisión no parece impulsiva, sino el resultado de observar cómo se desmoronaban los pilares que debían sostener una selección competitiva. Más allá de su caso particular, el mensaje es claro: sin apertura, coherencia y visión actualizada, será cada vez más difícil convencer a los mejores talentos de sumarse.
El gesto de Pages podría convertirse en precedente. Cuando un proyecto nace con limitaciones autoimpuestas y decisiones que fragmentan, el desenlace suele ser previsible. En ese escenario, la renuncia no es una sorpresa, sino una consecuencia lógica.