Llegar a las Grandes Ligas es un privilegio que pocos logran. De cada cien peloteros firmados en Latinoamérica, apenas tres o cuatro consiguen establecerse y triunfar en el exigente béisbol de los Estados Unidos. Es una carrera dura, plagada de sacrificios, competencia feroz y, sobre todo, disciplina. Por eso, cada jugador que logra establecerse debe tener presente que el talento solo no basta. La humildad, el compromiso y el respeto al juego y a quienes lo rodean son igual de importantes.
El caso de Rafael Devers es un claro ejemplo de lo alto que se puede llegar y también de los riesgos que implica perder de vista el propósito mayor. El talentoso jugador dominicano no solo llegó a las Grandes Ligas, sino que se convirtió en una de las caras principales de una franquicia histórica como los Boston Red Sox. Fue recompensado con un contrato gigantesco de 313 millones de dólares, una muestra clara de la confianza que depositó en él la organización.
Sin embargo, tras alcanzar el estrellato, comenzaron a surgir señales preocupantes. Actitudes de indisciplina, gestos de prepotencia y una aparente falta de compromiso con el equipo pusieron en entredicho la imagen que Devers había construido. Lo que comenzó como una figura carismática y poderosa con el bate, se fue nublando por decisiones y actitudes que revelaban una desconexión con la responsabilidad que implica ser líder dentro y fuera del terreno.
Hace un año, Devers exigió que la directiva de Boston hiciera movimientos para fortalecer al equipo. La gerencia, respondiendo al llamado, incorporó a un tercera base reconocido por su capacidad defensiva, una debilidad conocida en el juego de Devers. Lejos de recibirlo con profesionalismo o disposición a colaborar, Devers respondió diciendo que no jugaría otra posición, alegando que se le había prometido ser el tercera base titular. Con esa postura dejó ver que, en lugar de poner el interés colectivo por encima del individual, decidió aferrarse a una promesa personal, desconociendo las dinámicas del béisbol profesional y las necesidades del equipo.
La situación escaló al punto en que leyendas como David Ortiz, con peso moral dentro de la organización y el béisbol en general, intentaron aconsejarlo. Ortiz, quien ha sido mentor de muchos jóvenes peloteros dominicanos, reveló que le escribió para hablar con él, pero Devers simplemente no le respondió. Ese gesto no solo evidencia soberbia, sino también una desconexión con la historia y los valores que otros grandes del juego, como Pedro Guerrero, sí supieron honrar.
Pedro Guerrero, célebre exjugador dominicano de los Dodgers, dijo en una ocasión: “Por lo que me pagan, yo hasta barro el play”. Esa frase resume el espíritu que debe acompañar a todo pelotero que ha sido bendecido con talento y oportunidad. Cuando la vida le entrega éxito, fama y dinero, lo mínimo que puede devolver es esfuerzo, humildad y gratitud.
La lección es clara: en el béisbol, como en la vida, retar a quien te da la oportunidad rara vez termina bien. Devers aún tiene tiempo para reencauzar su carrera, pero el respeto no se gana solo con jonrones. Se gana siendo líder, sabiendo escuchar y poniéndose al servicio del equipo.