Guillermo Heredia siempre ha sido un ejemplo de disciplina, entrega y pasión por el béisbol, pero detrás de su carrera existe una historia profundamente humana marcada por la admiración hacia su padre. Desde pequeño, Heredia creció rodeado de ese amor por el deporte, pues su padre, también llamado Guillermo Heredia, fue jardinero y jugó 11 Series Nacionales con el equipo Matanzas en los años 80. Ese legado dejó una marca imborrable en el futuro ligamayorista, quien confesó que su vocación nació como un gesto de cariño hacia su padre. En una entrevista recordó que simplemente tomó un bate y quiso darle una alegría a ese hombre que tanto respetaba. Aquel acto inocente se convertiría más tarde en el inicio de un camino que lo llevaría a lo más alto del béisbol mundial.
Su carrera en Cuba fue sólida desde sus primeras apariciones. En seis temporadas dentro de la Serie Nacional, el matancero mostró un rendimiento consistente que rápidamente captó la atención de entrenadores y aficionados. Logró un promedio ofensivo de .285, conectó 23 cuadrangulares e impulsó 121 carreras en 374 partidos, números que demostraban su disciplina y su impacto en el terreno. Esa calidad lo llevó a representar al equipo Cuba, cumpliendo un sueño personal y honrando el apellido que había heredado.
Heredia recuerda con especial cariño a su primer entrenador, conocido como “El Guerra”, quien lo descubrió durante una visita a su escuela. Cuando preguntaron quién estaba interesado en entrenar béisbol, él fue el primero en levantar la mano. Ese gesto espontáneo marcó el inicio de su formación como atleta y abrió la puerta a oportunidades que con el tiempo se multiplicarían. También guarda un profundo agradecimiento hacia su padre, no solo por enseñarle el amor por el deporte, sino por estar a su lado en cada etapa, desde sus primeros juegos en Cuba hasta su salto al profesionalismo.
Su historia alcanzó su punto más alto en 2016, cuando firmó con los Seattle Mariners y se convirtió en jugador de Grandes Ligas. Durante siete temporadas dejó su huella en el mejor béisbol del mundo, llevando consigo el legado familiar. La presencia de su padre, tanto en su vida personal como en la deportiva, fue fundamental para construir una carrera que hoy inspira a muchos jóvenes peloteros cubanos que sueñan con llegar lejos. Heredia no solo cumplió sus metas, sino que también logró dar continuidad a una tradición que empezó mucho antes de su primera aparición en un estadio.