El 25 de septiembre de 2025 falleció en La Habana, Cuba, Assata Shakur, activista afroamericana y exmiembro del Ejército de Liberación Negro (Black Liberation Army), a los 78 años. Su muerte marca el cierre de uno de los capítulos más controvertidos en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, un caso que durante décadas suscitó debate sobre justicia, política y derechos humanos. Nacida como Joanne Deborah Byron, Shakur fue condenada en 1977 por el asesinato de un oficial de policía en Nueva Jersey durante un tiroteo ocurrido en 1973. Sin embargo, en 1979 logró escapar de prisión y, en 1984, recibió asilo político en Cuba, donde vivió protegida por el régimen de Fidel Castro. Desde entonces, se convirtió en un símbolo de la resistencia política y racial, y su presencia en la isla fue vista por muchos como un desafío a la autoridad estadounidense.
El gobierno cubano defendió consistentemente su decisión de otorgar asilo a Shakur, calificándola de víctima de represión política en Estados Unidos. Esta postura no solo generó tensiones diplomáticas con Washington, sino que también consolidó la imagen de Cuba como un refugio para activistas perseguidos. Para La Habana, Shakur no era simplemente una fugitiva, sino una luchadora por la justicia social que había sido perseguida por el sistema estadounidense debido a su activismo y su militancia en causas de derechos civiles. A lo largo de los años, la presencia de Shakur en la isla se convirtió en un símbolo de resistencia contra el imperialismo y la opresión racial, y su caso fue utilizado por el gobierno cubano para criticar la política estadounidense hacia los afroamericanos y los movimientos de liberación racial.
Tras su muerte, el gobierno cubano emitió un comunicado oficial expresando su pesar y destacando la vida y el legado de Shakur como ejemplo de dignidad y lucha por la justicia. En el mismo comunicado, se subrayó que su permanencia en Cuba fue un acto de solidaridad con causas sociales y de reafirmación de la soberanía nacional frente a presiones externas. Por su parte, las autoridades estadounidenses reiteraron que Shakur debía haber enfrentado la justicia en su país y calificaron su muerte en Cuba como un recordatorio de un caso que nunca dejó de ser polémico. La negativa de la isla caribeña a extraditar a Shakur durante más de cuatro décadas subraya las tensiones persistentes entre Estados Unidos y Cuba en torno a la justicia, los derechos humanos y la soberanía nacional.
La vida de Assata Shakur dejó una huella imborrable en la historia de la lucha por la equidad racial y la justicia social. Su autobiografía, “Assata: An Autobiography”, sigue siendo un referente para activistas y movimientos contemporáneos que buscan justicia y equidad en contextos de opresión. Más allá de los aspectos legales y políticos, Shakur se convirtió en un ícono cultural y político, cuya historia es recordada como un ejemplo de resistencia, valentía y coherencia con sus convicciones. Su muerte en Cuba, lejos de silenciar su legado, reaviva el debate sobre la persecución política, el racismo sistémico y la relación entre activismo y refugio internacional, consolidando su lugar en la memoria histórica tanto de Estados Unidos como de Cuba. El caso de Assata Shakur continúa siendo estudiado y comentado, y su influencia en la política, el activismo y la cultura sigue vigente, recordando a las nuevas generaciones la complejidad de la lucha por la justicia y la dignidad.