POR QUE OMAR LINARES SE QUEDO POBRE EN CUBA PUDIENDO HABER SIDO MILLONARIO EN MLB

Omar Linares es considerado por muchos el pelotero más talentoso que ha salido de Cuba. Su calidad era de Grandes Ligas sin discusión: poder al bate, velocidad, disciplina en el plato, visión defensiva y una habilidad natural que lo convirtió en leyenda antes de cumplir 25 años. Con ese nivel, en cualquier otro contexto, habría firmado contratos multimillonarios y estaría hoy disfrutando de una fortuna comparable a la de las estrellas más grandes del béisbol mundial. Sin embargo, su historia fue otra.

Linares decidió permanecer en Cuba durante los años más tensos del deporte cubano. La política deportiva de la isla no permitía entonces que sus jugadores firmaran profesionalmente fuera del país, y quienes lo intentaban arriesgaban su carrera, su libertad, e incluso la seguridad de sus familias. Mientras las Grandes Ligas buscaban talento internacional, Cuba cerraba sus puertas. No había opción de negociar salarios competitivos, derechos de imagen o ingresos por patrocinio. El resultado: Linares jugó toda su etapa dorada en la Serie Nacional, cobrando salarios simbólicos que no se comparan ni remotamente con lo que valía su talento.

Más tarde en su carrera, ya cerca del declive físico, recibió la oportunidad de jugar en Japón. Aun así, llegó tarde a un mercado que pagaba por rendimiento inmediato y futuro. Ganó dinero, sí, pero nunca a la altura de lo que pudo generar si hubiese salido de Cuba en su mejor momento. Cuando regresó a la isla, lo hizo bajo las mismas condiciones económicas que cualquier atleta dentro del sistema deportivo cubano: reconocimiento moral, pero restricciones económicas severas.

A eso se suma otro factor: en Cuba, aun las figuras deportivas más grandes dependen del Estado. No existe la posibilidad de construir fortunas a través de inversiones privadas, negocios personales o la explotación libre de la propia imagen. La riqueza está limitada y controlada. Linares fue leal al sistema, y el sistema no estaba diseñado para que un atleta se hiciera rico.

Por todo esto, Omar Linares nunca se convirtió en millonario, pese a tener de sobra el talento para lograrlo. Su legado es inmenso, su nombre es sinónimo de grandeza y respeto. Pero la realidad económica lo mantuvo lejos del nivel financiero que merecía. Su riqueza hoy es simbólica, construida en aplausos, admiración y memoria histórica… no en cuentas bancarias.