La relación entre Aroldis Chapman y los funcionarios del béisbol cubano siempre ha estado marcada por la tensión y el resentimiento, pero en los últimos años esa animadversión ha escalado a niveles casi alarmantes. Chapman, uno de los lanzadores más veloces y dominantes que haya producido la isla, decidió abandonar Cuba en 2009 para buscar oportunidades profesionales en Estados Unidos, y desde entonces su figura se ha convertido en un dolor de cabeza para los responsables del deporte nacional. Su salida fue catalogada por muchos en la Federación Cubana de Béisbol como una deserción, un acto de traición que rompió con la narrativa oficial de fidelidad al sistema deportivo cubano. Para los funcionarios, Chapman no solo abandonó la isla, sino que utilizó la infraestructura y formación del país para alcanzar el éxito personal, convirtiéndose en un ejemplo de que los talentos cubanos podían prosperar fuera del control estatal si desafiaban las reglas.
El éxito internacional de Chapman agravó aún más la situación. Desde su llegada a Grandes Ligas, ha demostrado ser un lanzador imparable, con récords de velocidad que superan las 105 millas por hora y actuaciones memorables con equipos como los Yankees de Nueva York y los Reds de Cincinnati. Cada logro suyo se convirtió en un recordatorio incómodo para la Federación, que veía cómo un talento formado en Cuba alcanzaba fama y fortuna en el extranjero mientras la Serie Nacional y el sistema cubano se mantenían estancados y carentes de recursos. La frustración no solo se limita al ámbito deportivo: para muchos funcionarios, Chapman representa un desafío a la narrativa oficial sobre el béisbol cubano como ejemplo de éxito colectivo, mostrando que el individualismo y la ambición personal pueden eclipsar décadas de control estatal.
A esto se suma la franqueza de Chapman en entrevistas y declaraciones públicas. El cubano no ha tenido reparos en criticar las deficiencias del béisbol en la isla, señalando problemas de infraestructura, preparación de atletas y administración del deporte. Sus comentarios directos, lejos de ser tomados como sugerencias constructivas, han sido interpretados como ataques a la gestión oficial y a la reputación de la Serie Nacional. Cada palabra suya genera alarma entre los dirigentes, quienes ven en sus críticas una amenaza a la imagen que intentan proyectar del deporte en Cuba.
El resentimiento hacia Chapman se convierte en un fenómeno que va más allá del béisbol. En Cuba, el deporte no solo forma atletas, sino que también sostiene un mensaje ideológico sobre autosuficiencia y orgullo nacional. La carrera de Chapman en Estados Unidos, su éxito rotundo y sus críticas abiertas representan un desafío directo a esa narrativa, y la percepción de traición se ha mantenido viva a lo largo de los años. Los funcionarios temen que su historia inspire a otros talentos a buscar oportunidades fuera del país, debilitando aún más el control sobre la cantera de atletas cubanos y aumentando la presión sobre un sistema ya cuestionado.
Hoy, la figura de Chapman se percibe casi como un fantasma que incomoda a los entes deportivos: su velocidad en la lomita y su voz crítica son recordatorios constantes de que el talento cubano puede escapar y brillar sin depender del control estatal. La animadversión hacia él no solo refleja resentimiento personal, sino también un temor institucional de que otros peloteros sigan sus pasos, dejando al béisbol cubano cada vez más aislado y vulnerable en el panorama internacional.