La relación entre las Grandes Ligas de Béisbol (MLB) y Cuba ha sido compleja durante décadas, marcada por tensiones políticas, restricciones legales y la realidad de que muchos de los mejores talentos de la isla terminan emigrando de manera irregular para cumplir el sueño de jugar en el mejor béisbol del mundo. Una pregunta que suele repetirse entre fanáticos y analistas es por qué la MLB, siendo una de las ligas deportivas más poderosas del planeta, no se pronuncia abiertamente en contra del gobierno cubano. La respuesta es multifactorial y tiene que ver con intereses económicos, consideraciones políticas y la naturaleza misma de la institución.
En primer lugar, la MLB es una entidad deportiva y empresarial, no una organización política. Su prioridad es proteger sus negocios, su imagen y sus relaciones internacionales. Criticar abiertamente a un gobierno extranjero, en este caso el cubano, colocaría a la liga en una posición diplomática que no le corresponde. De hecho, cualquier comentario de esa índole podría poner en riesgo futuros acuerdos deportivos, comprometer a jugadores cubanos que aún residen en la isla o incluso abrir fricciones con el propio gobierno de Estados Unidos, que es quien fija las pautas de la política hacia Cuba.
Un ejemplo claro de esta postura fue el acuerdo firmado en 2018 entre la MLB y la Federación Cubana de Béisbol (FCB), que buscaba permitir que los peloteros cubanos pudieran firmar directamente con equipos de Grandes Ligas sin necesidad de desertar ni arriesgar su vida en rutas peligrosas. El convenio se presentaba como una solución humanitaria y legal, pero nunca estuvo exento de polémica, ya que implicaba que parte del dinero de las firmas iría a parar a una entidad vinculada al régimen. Cuando el gobierno de Donald Trump lo canceló en 2019, argumentando que ese trato financiaba al Estado cubano, la MLB acató la decisión sin emitir juicios políticos, limitándose a lamentar la situación por el daño que representaba para los jugadores.
Otro factor clave es que la MLB necesita mantener neutralidad para garantizar el acceso al talento. Criticar al gobierno cubano de manera frontal podría cerrar definitivamente cualquier vía de negociación futura y, en la práctica, condenar a los peloteros de la isla a depender exclusivamente de vías ilegales para llegar a la liga. El discurso oficial de MLB siempre se centra en la seguridad y el bienestar de los jugadores, evitando confrontar al régimen para no quemar puentes que, en un futuro, podrían abrirse de nuevo.
Además, la MLB no actúa sola: está regulada y supervisada por las leyes del Departamento del Tesoro y el Departamento de Estado de Estados Unidos. Es decir, aunque quisiera establecer un mecanismo directo con Cuba, no puede hacerlo sin la aprobación del gobierno estadounidense. En ese contexto, sería contradictorio criticar al régimen cubano cuando, en realidad, el marco de acción de la liga depende enteramente de las sanciones y regulaciones impuestas desde Washington.
Por último, hay un elemento de imagen internacional. La MLB proyecta su marca en países de todo el mundo, desde Japón hasta México, y evita involucrarse en debates políticos que puedan dividir a su audiencia. Su narrativa oficial es la del béisbol como “puente cultural”, no como arma política.
En definitiva, la MLB no critica al gobierno cubano porque no es su papel, porque hacerlo podría afectar sus intereses y porque sus decisiones están condicionadas por la política exterior de Estados Unidos. Prefiere mantenerse en un terreno neutral, apelando al bienestar de los jugadores y dejando los pronunciamientos políticos en manos de los gobiernos.