Jorge Soler volvió a exponer con total claridad por qué su nombre jamás estará ligado al equipo Cuba, sin importar el torneo ni el contexto. El toletero cubano, con una carrera consolidada en las Grandes Ligas y múltiples momentos determinantes al más alto nivel, explicó que su negativa no es reciente ni circunstancial, sino una postura firme basada en experiencias personales que marcaron su vida para siempre. Para él, no se trata de béritos deportivos ni de vitrinas internacionales, sino de dignidad, memoria y principios.
Soler confirmó que en el pasado fue contactado para integrar la selección cubana que participó en un Clásico Mundial, y su respuesta fue un “no” inmediato. Aclaró que respeta profundamente a cada pelotero que decide representar a Cuba y que no guarda resentimiento contra quienes toman ese camino. Sin embargo, dejó claro que su decisión es individual y definitiva. Su postura no ha cambiado con el paso de los años y, según explicó, tampoco cambiará en el futuro.
El origen de este distanciamiento se remonta a su salida de Cuba en 2011, un episodio que marcó el inicio de una etapa extremadamente difícil. Soler relató que abandonó el país en condiciones complejas y, a partir de ese momento, fue castigado y suspendido, quedando prácticamente borrado del sistema deportivo. Esa censura no solo afectó su carrera en aquel instante, sino también su vida personal de una manera irreversible.
El golpe más duro llegó lejos de los estadios. Soler fue criado por sus abuelos, quienes representaron sus principales pilares emocionales. Su abuelo, con quien compartía cada paso en el béisbol desde niño, falleció primero. Poco después murió su abuela. Para entonces, el jugador llevaba varios años en Estados Unidos y una normativa vigente le impedía regresar a Cuba durante ocho años tras su salida del país. No pudo despedirse de ninguno de los dos. Ese hecho, según confesó, se convirtió en el punto de quiebre definitivo.
Soler explicó que ese dolor marcó su relación con cualquier estructura que represente oficialmente al béisbol cubano. Sentirse pisoteado, suspendido y privado del derecho humano de despedirse de sus seres queridos dejó una huella imborrable. Por esa razón, jugar hoy por el equipo Cuba no es una opción, ni emocional ni moral.
Con serenidad, pero con firmeza, Jorge Soler deja un mensaje claro cada vez que aborda el tema. No existe espacio para la reconciliación deportiva cuando hay heridas personales tan profundas. Su negativa no nace del rencor, sino del respeto a su propia historia. Para él, vestir ese uniforme ya no es posible, porque hay decisiones que trascienden el béisbol.