MIGUEL DIAZ CANEL SE BURLA DEL BESIBOL CUBANO? MIRA LO QUE PASÓ

La exclusión del equipo Cuba de béisbol del próximo Clásico Mundial de 2026 ha generado una fuerte polémica que trasciende lo deportivo para situarse en el centro del debate político. La noticia de que la selección cubana no fue invitada a presentar la relación inicial de 50 jugadores, requisito indispensable para participar en el evento, desató una ola de reacciones en redes sociales y en la opinión pública. Entre ellas destacó la del propio Miguel Díaz-Canel, quien no tardó en responsabilizar a Estados Unidos de lo que calificó como una «exclusión política» que vulnera el espíritu deportivo. Sin embargo, sus palabras han sido interpretadas por muchos como un acto de cinismo, teniendo en cuenta el historial del régimen con respecto al trato a sus atletas.

Díaz-Canel escribió en sus plataformas digitales que se trata de un castigo contra el béisbol cubano y exigió igualdad de condiciones. Pero en su discurso olvidó convenientemente el papel que ha jugado el propio gobierno en la crisis del deporte nacional. Durante décadas, decenas de figuras que decidieron emigrar en busca de mejores oportunidades fueron condenadas al destierro, etiquetadas como traidores y privadas del derecho de representar a la isla o incluso de regresar al país. Nombres ilustres en diversas disciplinas cargaron con esa sanción, que no solo afectó sus carreras deportivas, sino también su vida personal y familiar.

Ante la noticia, no pocos aficionados recordaron precisamente esa faceta de la política cubana. Algunos expresaron en redes sociales que la verdadera raíz del problema está en la discriminación histórica hacia los atletas que no se alinearon con los dictados del oficialismo. Señalaron que la censura y el castigo fueron prácticas recurrentes contra quienes abandonaban el país en busca de libertad deportiva y económica. Para muchos, el hecho de que ahora el régimen clame por igualdad y condene exclusiones internacionales resulta un boomerang que golpea su propio historial de arbitrariedades.

Los comentarios de los fanáticos reflejan esa visión crítica. Algunos recordaron cómo deportistas de renombre mundial, como Wilfredo León en el voleibol o glorias del atletismo y el boxeo, fueron apartados injustamente y se les negó el reconocimiento que merecían por sus resultados. Otros remarcaron que las autoridades siempre han puesto la política por encima del deporte, sancionando a atletas solo por sospechas de querer emigrar o por tener contacto con otros que lo habían hecho. La frase recurrente en estos debates ha sido que, finalmente, al gobierno le toca «probar de su propia agua».

El equipo Cuba, una vez símbolo de orgullo nacional, se encuentra ahora atrapado en las consecuencias de la política hostil que el mismo régimen sembró durante años. Más que un asunto de Estados Unidos o de los organizadores del Clásico, lo que hoy se refleja es el aislamiento provocado por un modelo que fragmentó a su propia comunidad deportiva. La exclusión no surge de la nada, sino que es el resultado de décadas de decisiones que marginaron a generaciones de atletas cubanos.

En este contexto, el discurso de Díaz-Canel aparece más como una burla que como un reclamo legítimo. Reclamar igualdad y espíritu deportivo después de haber negado esos mismos derechos a tantos compatriotas deja en evidencia la contradicción del mensaje oficial. El equipo Cuba paga hoy la factura de la politización extrema del deporte, y lo que el gobierno intenta presentar como una injusticia internacional es, en realidad, el reflejo de su propia política excluyente.