Germán Mesa representa otro capítulo del mismo libro: un talento descomunal que pudo haber sido millonario si el destino deportivo y político hubiera sido diferente. Dentro de Cuba, su nombre es sinónimo de excelencia defensiva. Fue, sin exagerar, uno de los mejores campocortos de su generación en el mundo. Su elegancia en el terreno, su alcance, su inteligencia y su capacidad para ejecutar jugadas imposibles hicieron que muchos expertos afirmaran que tenía nivel de Grandes Ligas sin discusión. Pero como a tantas estrellas cubanas, el contexto lo dejó sin la oportunidad de capitalizar su talento en el béisbol profesional internacional.
Germán pasó su carrera completa en la Serie Nacional, donde los salarios, incluso para los más grandes, jamás se acercaron al valor que representaban deportivamente. Ser figura del equipo nacional era un orgullo inmenso y un privilegio desde el punto de vista deportivo, pero económicamente no significaba construir una fortuna. Su reconocimiento venía en forma de medallas, aplausos y prestigio en la isla, no de contratos millonarios, publicidad o derechos de imagen como los que reciben jugadores con su mismo nivel en las Grandes Ligas o en Japón.
En su mejor momento, cuando cualquier organización de MLB habría pagado cifras enormes por un campocorto con sus herramientas, la política deportiva lo mantenía firmemente atado al sistema. No podía negociar, no podía emigrar sin consecuencias graves, no podía explotar su propio nombre. Y más tarde, cuando la posibilidad de jugar afuera comenzó a abrirse, ya había pasado la etapa en que podía generar dinero significativo con su talento. El tiempo, que en el deporte es juez severo, le redujo las oportunidades económicas.
Tras su retiro, continuó vinculado al béisbol como entrenador y asesor, lo que le permite vivir del deporte que ama, pero dentro de las limitaciones económicas que impone el sistema cubano. No tiene la solvencia de una estrella internacional ni la riqueza que habría acumulado en un mundo sin barreras políticas. Lo que sí posee es un legado inmenso: es recordado como “El Imán”, un símbolo del arte defensivo y un jugador que redefinió la posición de campocorto en Cuba.
En resumen, Germán Mesa es otro ejemplo de un talento que, en cualquier otra liga del mundo, habría significado éxito económico gigantesco. Pero su riqueza terminó siendo de otro tipo: reconocimiento, historia y un lugar eterno en la memoria del béisbol cubano.