César Prieto, pelotero cubano de amplísima experiencia profesional, continúa brillando en Triple-A Memphis, donde su promedio ronda los .295 y ha tenido jornadas memorables como juegos de cinco imparables o partidos de cuatro hits e impulsadas. A pesar de ese rendimiento constante, los St. Louis Cardinals todavía no le han dado la oportunidad de debutar en Grandes Ligas. La explicación oficial suele girar en torno a la “competencia interna” y a la idea de que necesita “madurar”, pero la realidad es que ese argumento suena débil frente al recorrido del infielder.
Prieto no es un novato cualquiera. Fue figura estelar en la Serie Nacional de Cuba y en la selección nacional antes de emigrar. Desde su llegada a Estados Unidos ha demostrado capacidad ofensiva de inmediato: firmó como agente internacional por un contrato importante, ascendió con rapidez en las menores y ha mantenido un bateo de contacto sólido y de calidad. En cada nivel ha respondido con números consistentes, logrando promedios elevados, un porcentaje mínimo de ponches y una habilidad clara para generar ofensiva.
El problema no está en su bateo. Por el contrario, Prieto es justamente el tipo de jugador que escasea en el béisbol moderno: un bateador de contacto, disciplinado en el plato, que pone la bola en juego con frecuencia. Aun así, lo han relegado detrás de otros prospectos con supuestamente “más techo” o mayor proyección, a pesar de que muchos de ellos no exhiben el mismo presente productivo. La organización parece obsesionada con prospectos más jóvenes o con perfiles de poder, mientras deja de lado un talento probado y maduro.
Algunos críticos señalan que su defensa no es élite o que carece de poder para sostenerse como titular en Grandes Ligas. Sin embargo, esa lectura ignora que su rol puede ser perfectamente valioso como utility infielder, bateador emergente o incluso regular en función de su consistencia ofensiva. No todos los peloteros que llegan a MLB deben ser estrellas de 30 cuadrangulares; hay espacio para jugadores que producen de forma distinta, especialmente en equipos que necesitan profundidad y equilibrio.
Entonces, ¿qué significa que “le falta madurar”? La palabra parece más un pretexto que un diagnóstico real. Madurez ya tiene: años de pelota en Cuba, experiencia en ligas invernales de alto nivel y temporadas completas en el sistema de Ligas Menores. La verdadera falta no está en el jugador, sino en la dirigencia que se niega a reconocer que, a veces, lo más lógico es premiar al que mejor rinde hoy, no al que promete mañana. Seguir aplazando su debut equivale a desperdiciar talento y enviar un mensaje negativo a otros peloteros con recorrido similar.
César Prieto está listo. Su desempeño habla por sí solo y su experiencia lo respalda. Lo que le falta no es madurar, sino recibir la oportunidad que se ha ganado. Si los Cardinals realmente quieren competir y aprovechar el talento disponible, deberían dejar de esperar milagros de prospectos “con techo alto” y apostar por la seguridad y el presente de un jugador que, a todas luces, está preparado para el reto. En definitiva, la madurez que se necesita no es la de Prieto, sino la de la gerencia de San Luis.