Julio César La Cruz es uno de los boxeadores más laureados de la historia reciente de Cuba y, al mismo tiempo, un claro ejemplo de cómo el deporte de alto rendimiento en la isla está profundamente ligado al aparato estatal. Su figura trasciende el cuadrilátero no solo por sus medallas olímpicas y mundiales, sino también por su discurso abiertamente favorable al sistema político que lo formó. En varias oportunidades, el campeón ha manifestado admiración por Fidel Castro, a quien ha llamado su “ídolo”, una declaración que refleja la influencia del líder de la Revolución en la vida pública y deportiva del país.
Para entender por qué La Cruz expresa ese tipo de lealtad, hay que mirar el contexto en el que se desarrolla su carrera. En Cuba, el boxeo de élite es completamente financiado y controlado por el Estado: entrenamientos, vivienda, alimentación, viajes y competencias internacionales dependen de organismos gubernamentales. Desde las primeras etapas de formación, los atletas saben que su proyección mundial está condicionada a la disciplina y al alineamiento con las directrices oficiales. En este entorno, reconocer y exaltar a las figuras fundacionales del gobierno no es solo una convicción personal en algunos casos, sino también un gesto que garantiza estabilidad y oportunidades dentro de la estructura deportiva.
La Cruz no ha ocultado su simpatía. En actos públicos ha dedicado victorias a la Revolución y ha reiterado su respeto hacia Fidel Castro, palabras que para muchos confirman su afinidad ideológica con el comunismo cubano. Sin embargo, en un país donde el deporte es parte de la política de Estado, esa postura puede ser, al mismo tiempo, una decisión pragmática. Mantenerse en el equipo nacional implica beneficios concretos: entrenadores de élite, participación en campeonatos internacionales y un reconocimiento social que difícilmente obtendría si tomara distancia del gobierno.
La situación también refleja la realidad de muchos atletas cubanos que optan por permanecer en la isla. Quienes deciden emigrar para competir en ligas profesionales suelen perder de inmediato el respaldo oficial y enfrentan críticas del aparato mediático estatal. En cambio, quienes, como La Cruz, continúan representando a Cuba, saben que una declaración pública contraria a la Revolución podría significar el final de su trayectoria dentro del boxeo organizado por el país.
Así, más que preguntarse si Julio César La Cruz es “comunista” en el sentido ideológico más estricto, es preciso reconocer que su carrera y su discurso están inseparablemente unidos a un sistema que demanda lealtad política. Su admiración por Fidel Castro puede ser una convicción genuina o una expresión de gratitud hacia quien, en su visión, posibilitó el desarrollo del deporte cubano. De cualquier manera, su figura encarna la fusión entre deporte y política que caracteriza al alto rendimiento en Cuba, donde el éxito en el ring es también, de alguna forma, un triunfo del modelo estatal que lo sostiene.