El camino del Equipo Cuba rumbo al Clásico Mundial de Béisbol 2026 se ha convertido, una vez más, en una travesía cargada de incertidumbre, contradicciones y decisiones que dejan más preguntas que respuestas. A solo semanas del inicio del evento, lejos de consolidarse una nómina fuerte y estable, el panorama que rodea al llamado Team Asere parece desmoronarse pieza por pieza, alimentando una sensación de improvisación que ya no sorprende, pero sí preocupa.
Desde hace meses se hablaba de una preselección amplia, con nombres que ilusionaban a la afición, sobre todo por la inclusión de peloteros que forman parte del sistema de Grandes Ligas. Sin embargo, esa ilusión comenzó a resquebrajarse cuando se confirmaron las primeras bajas, silenciosas pero contundentes. Al menos dos jugadores vinculados a organizaciones de MLB quedaron fuera del proyecto, ya sea por decisiones personales o por negativas directas de sus equipos. Aunque no se oficializaron nombres de inmediato, el golpe fue evidente: el equipo perdía profundidad, talento y, sobre todo, credibilidad en su discurso de unidad.
Estas ausencias no son simples números en una lista. Se trata de peloteros llamados a ser parte de la columna vertebral del equipo, figuras que podían marcar la diferencia en un torneo de altísimo nivel competitivo. Cada baja abre un hueco difícil de llenar, pero también revela una realidad incómoda: el Equipo Cuba no controla su propio destino cuando depende de voluntades externas, permisos organizacionales y decisiones individuales que responden a intereses profesionales perfectamente legítimos.
El caso de Andy Pages simboliza como pocos esta situación. Considerado por muchos como uno de los mejores peloteros cubanos activos en MLB, su posible participación había generado expectativas reales de ver a un Team Asere más competitivo. Durante semanas se manejaron versiones contradictorias: que sí jugaría, que estaba dispuesto, que su nombre aparecía en la prenómina. Pero la confirmación final fue un balde de agua fría. Pages no estará en el Clásico Mundial. La razón es simple y contundente: su organización priorizó su preparación para la temporada de Grandes Ligas.
Este desenlace deja al descubierto una verdad que muchos prefieren no enfrentar. Para los equipos de MLB, el Clásico Mundial sigue siendo un riesgo. Lesiones, desgaste físico, interrupción de la planificación… todo cuenta. Y cuando se trata de jugadores jóvenes, con roles importantes o en proceso de consolidación, la balanza suele inclinarse hacia la cautela. En ese contexto, el discurso romántico de la patria y la camiseta pierde fuerza frente a la realidad del negocio y la carrera profesional.
La situación de Lázaro Estrada se mueve en una línea similar, aunque con matices distintos. En su caso, la decisión fue personal. Enfocarse en una temporada clave, con la vista puesta en su futuro contractual, pesó más que la convocatoria al equipo nacional. No se trata de falta de compromiso, sino de supervivencia profesional. En un sistema donde una buena campaña puede definir el rumbo de toda una carrera, el margen para decisiones emocionales es mínimo.
Estas bajas se suman a un problema aún mayor: el tema de las visas. Mientras algunos peloteros que residen fuera de Cuba o ya tienen estatus migratorio regular no enfrentan obstáculos, una parte importante de la delegación depende de un proceso burocrático incierto. La simple posibilidad de que no se autoricen las visas a tiempo coloca al equipo en una posición extremadamente frágil. No es solo un trámite, es una espada de Damocles que pende sobre la planificación, los entrenamientos y hasta sobre la logística básica del viaje.
El hecho de que el equipo tenga que acudir a la embajada estadounidense a pocos meses del torneo, sin garantías absolutas, demuestra que el margen de error es mínimo. Cualquier retraso, cualquier negativa, cualquier imprevisto puede alterar por completo la composición del roster. Y eso, en un torneo donde cada detalle cuenta, es una desventaja enorme.
La Federación, mientras tanto, intenta sostener un discurso de tranquilidad y control, pero los hechos cuentan otra historia. La prenómina cambia, se ajusta, se debilita. La prensa oficial guarda silencio en momentos clave, mientras las informaciones se filtran por otras vías. El resultado es un ambiente de desconfianza que se transmite directamente a la afición.
A todo esto se suma la postura clara de Víctor Mesa Jr., que funciona como una especie de espejo del momento actual. Joven, con experiencia reciente en MLB y con un futuro aún por definirse, Mesa Jr. ha sido tajante: su prioridad es el Spring Training y llegar en salud a la temporada 2026. No hay medias tintas. No hay discursos ambiguos. Hay una decisión firme basada en objetivos profesionales.
Su negativa no sorprende, pero sí dice mucho. Dice que incluso los jugadores con menos tiempo en Grandes Ligas entienden que el margen de error es mínimo. Dice que el Clásico Mundial, aunque prestigioso, no siempre encaja en la hoja de ruta de quienes luchan por mantenerse en el máximo nivel. Y dice, sobre todo, que el Equipo Cuba ya no es el centro natural de los sueños deportivos de muchos peloteros.
Paradójicamente, Víctor Mesa Jr. ha demostrado respeto y conocimiento por la historia del béisbol cubano. Su Dream Team ideal, con figuras legendarias y actuales, muestra que el vínculo emocional existe. Pero una cosa es el respeto y otra muy distinta es arriesgar el futuro inmediato. En ese punto, la decisión es clara.
Todo este escenario deja una pregunta flotando en el aire: ¿qué tipo de equipo llegará realmente al Clásico Mundial? ¿Uno construido sobre la marcha, parchado por ausencias, condicionado por trámites y permisos, o uno capaz de competir de tú a tú con las potencias del torneo?
La preparación también se ve afectada. Los entrenamientos, los topes de fogueo, los viajes previos… todo depende de que las piezas estén disponibles. Si las incorporaciones se retrasan, si las bajas continúan, el margen de cohesión se reduce drásticamente. Y en un torneo corto, sin tiempo para ajustes largos, eso puede ser fatal.
Más allá de los nombres específicos, lo que está en juego es la credibilidad del proyecto. Cada Clásico Mundial se presenta como una oportunidad de reconciliación, de renovación, de demostrar que el béisbol cubano aún puede competir al más alto nivel. Pero una vez más, la realidad golpea con fuerza.
La afición observa, analiza y debate. Algunos comprenden las decisiones individuales. Otros sienten frustración. Muchos se preguntan si el problema es estructural, si el modelo actual permite realmente armar un equipo competitivo sin depender de milagros de última hora.
El Team Asere se enfrenta no solo a rivales en el terreno, sino a sus propias limitaciones fuera de él. Y mientras el reloj avanza, cada día sin claridad es un día perdido en la carrera por llegar al Clásico Mundial con opciones reales.
La polémica está servida y el debate es inevitable:
¿Debe el Equipo Cuba seguir dependiendo de peloteros del sistema MLB sabiendo que pueden bajarse en cualquier momento, o es hora de construir un proyecto sin ellos, aunque eso signifique resignarse a competir con menos talento?