El nombre de Frank Zaldívar vuelve a los titulares, pero esta vez lejos de las luces del cuadrilátero. El boxeador cubano, oriundo de Santiago de Cuba y con récord profesional de 5-2, fue arrestado en Florida el pasado 9 de agosto, acusado de una seria transgresión que compromete no solo su presente inmediato, sino también cualquier posibilidad de retomar con normalidad su carrera deportiva.
El pugilista quedó bajo custodia y se le fijó una fianza de 7.000 dólares, lo que representa un nuevo golpe a su trayectoria, marcada en los últimos tiempos por episodios oscuros. Lo ocurrido genera tristeza entre los aficionados del boxeo cubano, quienes lo vieron despegar como una promesa llena de energía y con un estilo atractivo para los fanáticos, pero que se ha ido alejando de los objetivos que alguna vez lo llevaron al profesionalismo.
Este nuevo capítulo se suma a una serie de incidentes que han empañado su imagen. El pasado 1 de febrero fue parte de la cartelera que tuvo como evento principal el duelo entre David Morrell Jr. y David Benavidez. Aquella noche enfrentó al estadounidense Curmel Moton, pupilo de Floyd Mayweather, y perdió por nocaut en el tercer asalto. Más allá de la derrota, el verdadero problema llegó semanas después, cuando se reveló que había incumplido protocolos al utilizar sustancias prohibidas. Esa falta lo llevó a recibir una suspensión de nueve meses y una sanción económica, dejando en evidencia un patrón de decisiones equivocadas.
El 26 de junio marcó otro punto de quiebre al confirmarse esas irregularidades, aumentando las dudas sobre su disciplina y compromiso. Para muchos expertos, Zaldívar es un ejemplo de cómo el talento puede verse truncado por errores personales y malas elecciones fuera del ring.
Con este arresto, el futuro del santiaguero luce cada vez más incierto. Lo que alguna vez fue un camino prometedor, respaldado por su estilo ofensivo y su potencial de convertirse en una figura relevante del boxeo caribeño, ahora está marcado por tropiezos legales y deportivos. Zaldívar deberá enfrentar las consecuencias de sus actos, y queda en sus manos decidir si puede reconstruir una carrera que, por el momento, parece ir en picada.