El béisbol cubano, una vez orgullo nacional y cuna de grandes talentos, enfrenta hoy una realidad que nadie quiere reconocer abiertamente: los salarios de sus peloteros son una verdadera vergüenza en comparación con cualquier otra liga profesional del mundo. Mientras que en el discurso oficial se habla del romanticismo de “jugar por amor a la camiseta”, la cruda realidad es que ese amor no paga las cuentas, ni llena la nevera, ni mucho menos asegura un futuro digno para los atletas que entregan su vida en el terreno.
En la Serie Nacional, la competencia máxima del béisbol cubano, un jugador puede ganar apenas 20 dólares al mes, según los últimos ajustes tras la pasada Liga Élite. Esta cifra, aunque haya aumentado un poco, sigue siendo ridículamente baja frente a las ligas más importantes del planeta. Para ponerlo en perspectiva, el jugador peor pagado en las Grandes Ligas (MLB) de Estados Unidos recibe más de 740 mil dólares al año, mientras que en Japón o Corea del Sur, ligas de alto nivel competitivo, el salario mínimo ronda los 200 mil dólares anuales. Incluso ligas como la mexicana, dominicana o venezolana superan en apenas semanas lo que un pelotero cubano puede ganar en todo un año.
Esta diferencia brutal en los ingresos explica por qué tantos talentos cubanos deciden abandonar la isla para buscar oportunidades en el exterior. No es cuestión de falta de amor por su tierra o de deslealtad, sino de necesidad real y de la urgencia de garantizar un futuro digno para ellos y sus familias. El sistema cubano, que exige dedicación absoluta, entrenamientos constantes y un compromiso total, ofrece a cambio una compensación que en cualquier otra parte del mundo sería considerada una burla.
Muchos peloteros cubanos, incluso en activo, han confesado en privado que deben buscar ingresos extras para sobrevivir. Algunos entrenan a niños, otros trabajan como choferes o se ven obligados a vender productos de importación cuando viajan con alguna delegación. Estas historias, que parecen sacadas de una película, reflejan la realidad precaria en la que viven los deportistas que deberían ser los héroes nacionales.
El éxodo masivo de peloteros hacia ligas extranjeras es un fenómeno imparable. En los últimos 15 años, más de un centenar de jugadores cubanos han salido en busca de contratos millonarios. Lo preocupante es que muchos de ellos estaban en la cima de su rendimiento cuando decidieron marcharse, lo que significa que Cuba pierde a sus mejores talentos antes de que puedan desarrollar todo su potencial dentro del sistema nacional.
Mientras las autoridades cubanas solo hagan pequeños ajustes insignificantes, el modelo seguirá estancado y sin poder competir en el mercado global. Los estadios cada vez lucen más vacíos, los roster envejecen y la cuna del béisbol se va quedando sin figuras frescas y jóvenes. Esto no solo afecta la calidad del espectáculo, sino también el orgullo nacional y la posibilidad de que Cuba siga siendo un referente en el béisbol mundial.
En conclusión, el romanticismo de “jugar por amor a la camiseta” es una hermosa idea, pero no es suficiente para mantener a los peloteros cubanos en casa ni para asegurarles un futuro digno. Hasta que no cambie la realidad salarial y se reconozca la necesidad de pagar como corresponde a quienes entregan su talento y salud en el terreno, la verdad seguirá siendo la misma: los salarios en el béisbol cubano son una broma de mal gusto que limita el crecimiento y la competitividad de uno de los deportes más emblemáticos de la isla.