A día de hoy, las restricciones impuestas por el Gobierno de Estados Unidos sobre los peloteros cubanos que desean jugar en las Grandes Ligas siguen marcando un duro punto de inflexión en el futuro del béisbol cubano. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), dependiente del Departamento del Tesoro, mantiene en vigor la normativa que prohíbe a los equipos de la MLB contratar a jugadores que residan en Cuba o que tengan intención de regresar a la Isla. Esta regulación impacta directamente en el flujo de talento entre Cuba y el béisbol profesional estadounidense, y se ha convertido en una de las medidas más severas contra la participación deportiva bajo influencia del régimen cubano.
Según esta disposición, cada jugador cubano debe presentar una declaración jurada y notariada donde afirme que tiene residencia permanente fuera de Cuba y que no tiene intención de regresar. Esta declaración es obligatoria antes de iniciar cualquier negociación o acuerdo contractual con equipos de Grandes Ligas. En casos en que el jugador no pueda firmar tal declaración —por ejemplo, si aún no ha establecido residencia formal fuera de la Isla o si está en proceso de asilo en EE. UU.— deberá tramitar una licencia específica que certifique su situación legal y migratoria, para poder ser considerado elegible en el sistema de contratación.
La medida, además de obstaculizar la firma de nuevos talentos, limita gravemente la participación de jugadores cubanos en eventos organizados por el régimen de La Habana, como fue el caso del controvertido “Team Asere”, armado por el oficialismo para el Clásico Mundial de Béisbol 2023. Esta estrategia buscaba mostrar una imagen de unidad entre peloteros radicados dentro y fuera del país, pero fue duramente criticada por su carga política y el intento de instrumentalización propagandística.
Con el Clásico Mundial de 2026 en el horizonte, las reglas actuales obligan a muchos jugadores a elegir entre mantener una carrera profesional estable en la MLB o participar en competiciones organizadas por Cuba, lo cual puede poner en riesgo su estatus contractual y legal en territorio estadounidense. Jugadores como Andy Ibáñez y Yoan Moncada, quienes participaron con Cuba en el último Clásico, se enfrentan a una encrucijada entre sus vínculos patrióticos y sus carreras en las Grandes Ligas.
Los peloteros cubanos mejor pagados actualmente, como José Dariel “Pito” Abreu, Yordan Álvarez, Jorge Soler, Randy Arozarena, Raisel Iglesias y Lourdes Gurriel Jr., son ejemplos claros de lo que implica cortar con el sistema deportivo cubano para alcanzar el éxito profesional y económico. Abreu, quien desertó en 2013 vía Haití, sigue siendo uno de los jugadores cubanos más destacados y este año percibe un salario base de 19,5 millones de dólares con los Houston Astros.
En resumen, las medidas actuales endurecen aún más el panorama para los peloteros cubanos. El sueño de jugar en las Grandes Ligas ahora no solo exige talento y esfuerzo, sino también un compromiso personal y político que supone, en muchos casos, romper para siempre con la Isla. El deporte, una vez puente entre culturas, hoy se ve atrapado en el juego geopolítico entre Washington y La Habana.