Un nuevo episodio bochornoso sacude al béisbol cubano, y esta vez el protagonista involuntario ha sido el equipo sub-23 de Pinar del Río. Atrapados en La Habana sin transporte para regresar a su provincia, los jóvenes peloteros han quedado expuestos a una situación de abandono total que vuelve a poner en evidencia la desorganización, la falta de previsión y la crisis institucional que atraviesa el deporte nacional en la isla.
El periodista Ernesto Amaya Esquivel fue quien denunció públicamente el hecho, convirtiéndose en la voz de un grupo de atletas que, una vez más, es víctima del desinterés de las autoridades del béisbol cubano. Según el reporte de Amaya, el equipo pinareño no pudo abordar a tiempo el catamarán que los trasladaría a la Isla de la Juventud luego de su último partido ante La Habana, disputado en el estadio Capitán San Luis. Como consecuencia, el plantel quedó varado y sin un plan alternativo para continuar su itinerario.
En lugar de contar con un respaldo logístico que garantizara su movilidad, los jugadores fueron alojados en el motel deportivo de Mulgoba, una instalación cuyas condiciones han sido calificadas como deficientes y que, lejos de ofrecer descanso adecuado, ha sumado incomodidades a una ya delicada situación. La falta de condiciones dignas y la incertidumbre por el regreso a casa han generado frustración y desconcierto entre los jóvenes deportistas.
Pero lo más absurdo del caso no es solo la pérdida del transporte marítimo, sino la revelación de que el mismo ómnibus que trasladó al equipo desde Pinar del Río hasta La Habana no tenía combustible para realizar el viaje de vuelta. Así lo confirmó el propio periodista, quien enfatizó que los dirigidos por Donald Duarte continúan en la capital sin recibir respuesta ni solución de parte de las autoridades responsables del evento.
Este nuevo escándalo, que rápidamente se hizo viral en redes sociales, no es un caso aislado. Se suma a una cadena de episodios similares que evidencian el deterioro sistemático del sistema deportivo cubano. En el pasado reciente, equipos como el de Cienfuegos también han sufrido situaciones parecidas. El patrón es claro: promesas sin sustento, mala planificación y una cúpula directiva que parece vivir alejada de la realidad.
Los reclamos por las condiciones de alojamiento, transporte y logística no son nuevos. Desde el inicio del torneo nacional sub-23, las quejas han sido una constante. Sin embargo, lo más alarmante es la pasividad de las autoridades, que siguen ignorando los llamados de atención, actuando como si estos incidentes no fueran más que simples contratiempos.
Lo cierto es que lo ocurrido con el equipo de Pinar del Río vuelve a desnudar la falta de respeto hacia los atletas y la improvisación que reina en el béisbol cubano. Más allá del resultado en el terreno, los peloteros merecen ser tratados con dignidad y profesionalismo. El silencio institucional ante estas realidades cotidianas es, quizás, el síntoma más claro de una crisis que ya no puede maquillarse. ¿Quién será el próximo afectado? Nadie lo sabe. Lo único seguro es que, mientras no cambien las estructuras y la mentalidad de quienes dirigen, el béisbol cubano seguirá perdiendo mucho más que partidos.