El caso de Alfredo Despaigne y su posible inclusión en el equipo Cuba vuelve a abrir un debate profundo sobre los límites entre la historia, el respeto a la trayectoria y la realidad deportiva actual. La sola mención del slugger granmense en una convocatoria informal que circuló en redes sociales provocó una oleada de críticas, especialmente porque muchos aficionados consideran que sus mejores años quedaron atrás y que el VI Clásico Mundial representa una exigencia para la que ya no está preparado. Esta percepción no nace únicamente de la emoción del fanático, sino de un análisis frío de los números recientes.
Despaigne fue durante años el principal referente ofensivo del béisbol cubano, un bateador temido capaz de cambiar un partido con un solo swing. Sin embargo, en los últimos eventos internacionales esa imagen se ha ido desdibujando. En competiciones de alto nivel disputadas entre 2018 y 2024, su producción de poder fue prácticamente inexistente, un dato alarmante si se tiene en cuenta que su rol histórico siempre estuvo ligado al jonrón y a la producción de carreras. En 81 turnos oficiales en ese período no logró sacar la pelota del parque y apenas impulsó 11 carreras, cifras que contrastan con la responsabilidad que asumía como cuarto bate.
Aunque su promedio ofensivo fue aceptable, la función de Despaigne nunca ha sido simplemente embasarse, sino marcar diferencias ante rivales de jerarquía. Esa capacidad parece haberse erosionado con el paso del tiempo, algo natural en cualquier carrera deportiva, pero que resulta crítico cuando se analiza su posible presencia en un torneo de máximo nivel competitivo. El problema se acentúa al observar su desempeño reciente en la Serie Nacional, un campeonato marcado por un nivel de pitcheo inferior al internacional. Incluso en ese contexto, su rendimiento fue discreto, lo que sembró dudas adicionales entre los seguidores.
La discusión no gira en torno al respeto que merece un jugador histórico, sino a la coherencia deportiva de apostar por él en un momento donde el béisbol cubano necesita resultados inmediatos. Muchos aficionados sienten que insistir en figuras del pasado limita la renovación y envía un mensaje equivocado a las nuevas generaciones. La dirección del equipo parece aferrarse a la experiencia, mientras el público exige rendimiento comprobado y presente competitivo.
Al final, la polémica no es menor y toca fibras sensibles del béisbol nacional: ¿debe el equipo Cuba priorizar la historia y el nombre de Alfredo Despaigne o aceptar que su declive ya no justifica un puesto en un Clásico Mundial tan exigente?