“GOLPE EN LA REGIÓN: MÉXICO SUPERA A VENEZUELA Y SE PONE AL FRENTE DEL SUMINISTRO DE PETRÓLEO A CUBA”

México ha emergido como un actor clave en el delicado tablero energético del Caribe al convertirse en un “proveedor importante” de petróleo para Cuba en medio del desplome de los envíos venezolanos. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum negó que exista un aumento extraordinario en los volúmenes históricos enviados a la isla, sus propias declaraciones confirman un hecho político y económico relevante: ante la crisis de Venezuela y el endurecimiento del control estadounidense sobre su crudo, La Habana depende cada vez más del respaldo mexicano para sostener, al menos parcialmente, su frágil sistema energético.

El contexto no podría ser más complejo. La captura de Nicolás Maduro y la decisión de Washington de controlar “indefinidamente” la venta de petróleo venezolano han dejado a Cuba sin su principal sostén externo. Durante años, el crudo de Caracas fue el salvavidas que permitió a la isla mantener a flote su generación eléctrica, su transporte y buena parte de su aparato productivo. Hoy, con ese flujo severamente limitado, México ocupa un espacio que hasta hace poco parecía impensable, no tanto por volumen, sino por relevancia estratégica.

Reportes del Financial Times señalan que en 2025 los envíos mexicanos superaron a los venezolanos, un dato que, aunque no ha sido verificado de forma independiente, refuerza la percepción de que Pemex se ha convertido en una pieza fundamental para evitar un colapso energético aún mayor en Cuba. Para el Gobierno mexicano, la narrativa oficial insiste en que se trata de acuerdos históricos y ayuda humanitaria; sin embargo, el momento político y la magnitud del vacío dejado por Venezuela sugieren que la relación ha adquirido un peso mucho mayor.

Al mismo tiempo, la ofensiva de Estados Unidos en el Caribe, con la incautación de buques petroleros y la persecución de la llamada “flota oscura”, envía una señal clara de que el margen de maniobra para países aliados de Cuba es cada vez más estrecho. México se mueve en una línea fina entre mantener su política exterior soberana y evitar un choque directo con Washington, especialmente cuando el tema energético se cruza con sanciones, seguridad y geopolítica regional.

Para Cuba, el apoyo mexicano puede aliviar parcialmente la crisis, pero no sustituye la magnitud del suministro venezolano de años anteriores ni resuelve los problemas estructurales de su economía. Para México, el rol de proveedor abre interrogantes sobre costos políticos, diplomáticos y económicos a mediano plazo. En este escenario cargado de tensiones, la pregunta es inevitable: ¿está México dispuesto a asumir el papel de sostén energético de Cuba aun si eso implica mayores presiones de Estados Unidos y un desgaste en su propia política exterior?