Yasiel Puig fue vetado del béisbol cubano y señalado como “traidor” por una combinación de decisiones políticas, deportivas y simbólicas que marcaron un punto de quiebre entre el jugador y las autoridades de la Isla. Su caso no es aislado, pero sí uno de los más emblemáticos por el impacto mediático que tuvo su carrera y la forma en que se produjo su salida.
Todo comenzó en 2012, cuando Puig abandonó Cuba de manera ilegal para perseguir su sueño de jugar en las Grandes Ligas. En ese momento, el sistema deportivo cubano consideraba este acto como una deserción. Bajo esa lógica, cualquier atleta que saliera del país sin autorización oficial era automáticamente sancionado, expulsado del sistema deportivo nacional y prohibido de regresar durante varios años. En el discurso oficial, estos jugadores pasaban a ser catalogados como traidores por “dar la espalda” al proyecto deportivo y político del país.
En el caso de Puig, la ruptura fue aún más profunda debido a su rápido ascenso y notoriedad internacional. Tras firmar con los Dodgers de Los Ángeles y convertirse en una de las figuras más llamativas de la MLB, su imagen se transformó en un símbolo incómodo para las autoridades cubanas. Puig no solo triunfó fuera del sistema, sino que lo hizo sin el control ni el aval del Estado, demostrando que era posible alcanzar la élite del béisbol sin pasar por la estructura oficial.
Además, Puig nunca mostró interés en suavizar su postura. A diferencia de otros peloteros que, con el tiempo, buscaron una reconciliación o regresaron bajo acuerdos especiales, el cienfueguero mantuvo una actitud crítica y distante. No participó en iniciativas de acercamiento, no aceptó condiciones impuestas y dejó claro que no estaba dispuesto a legitimar un sistema que, según su visión, maltrata y limita a los atletas.
Ese posicionamiento reforzó la narrativa oficial de “traición”. Desde la óptica del gobierno y de los dirigentes deportivos, Puig no solo abandonó el país, sino que tampoco mostró arrepentimiento ni voluntad de alinearse con el discurso institucional. Por el contrario, construyó su carrera de manera independiente, jugando en MLB, en ligas asiáticas y en el Caribe, sin necesidad del aval cubano.
El veto también respondió a un mensaje ejemplarizante. Castigar a figuras visibles como Puig servía para disuadir a otros atletas de seguir el mismo camino. La sanción no era únicamente deportiva, sino simbólica: excluirlo del equipo Cuba y de la Serie Nacional funcionaba como una advertencia.
Con el paso del tiempo, aunque algunas políticas se flexibilizaron, la herida nunca cerró. Puig, por su parte, tampoco mostró interés en regresar bajo nuevas reglas. Así, el calificativo de “traidor” se mantuvo más como una etiqueta política que como una realidad deportiva, reflejando un conflicto que va mucho más allá del béisbol y que tiene que ver con control, poder y libertad individual.